Soy

diana en la banca

    • Miembro del Consejo Académico del Centro de Formación Judicial del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires.
    • doctora en Filosofía de la Universidad de Buenos Aires con una tesis sobre “Género, subjetividad y conocimiento”.
    • docente de “Gnoseología” de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y de “Epistemología feminista” en la Maestría de Estudios de Género de la Universidad de Rosario.
    • investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad de Buenos Aires, donde dirijo con Dora Barrancos un programa sobre Construcción de ciudadanía de las mujeres y otros grupos subalternos”.
    • autora de numerosas publicaciones. Mi último libro es Búsquedas de sentido para una nueva política, en colaboración con Elisa Carrió (Paidós, 2005).


He sido
  • diputada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2007-2011 por la Coalición Cívica/ARI).


  • defensora adjunta del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, De 1998 a 2003, en el área de Derechos Humanos y Equidad de Género. Mis líneas de intervención principales giraron alrededor de los derechos de las mujeres; niños, niñas y adolescentes; minorías sexuales; personas en prostitución; afrodescendientes; derecho a la información; conflictos por el uso del espacio público.
  • directora académica del Instituto Hannah Arendt, de formación cultural y política, desde su creación en 2004 y hasta el año 2008.
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foto de una muñequa de la mujer maravilla, un regalo de mi hija cuando asumí en diciembre de 2007

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Escribí la siguiente autobiografía, en 2001, cuando la UMA (Unión de Mujeres de la Argentina) me entregó el “premio 8 de marzo Margarita de Ponce”. Eslabones devenidos historia de vida. Aquí van:

Diana Helena Maffía

Nací en la Ciudad de Buenos Aires el 19 de septiembre de 1953. Mi papá (Coco) le pidió a la obstetra (Ana Galimberti) que tratara de postergar dos días el parto de mi mamá (Tuka) para que yo naciera justo el día de la primavera. Pero no lo consiguió. Y así la perfección se tornó para siempre algo visible pero no alcanzable. O para verlo de modo positivo, el mundo de la vida se impuso al mundo de las ideas perfectas.

Me pusieron de nombre Diana Helena, lo cual expresaba el común amor de mis padres por la cultura greco-romana, pero con ideales contradictorios en cuanto al modelo de mujer que se esperaba que encarnara (pensemos que a Diana la llamaban “la casta” y a Helena “la de los cinco maridos”).

Fui la segunda de cuatro hermanos, con un hermano mayor (Edgardo) y dos hermanas menores (Iris y Mónica), todos muy seguidos y con una madre muy joven. Tener un hermano varón mayor me creó la ficción de que la niñez consistía en trepar árboles, saltar alambrados y cazar renacuajos en las zanjas los días de lluvia en General Rodríguez (el pueblo de mi papá donde pasábamos el mejor tiempo, y que llevo muy dentro del corazón).

Tardé muchos años en percibir los motivos por los que comenzaba a haber diferencias entre Edgardo y yo, ya entrada la adolescencia, que se expresaban en que él podía hacer cosas que yo no podía (nunca a la inversa). Tenía que ver con mi sexualidad. No sólo con mi sexo como una cualidad, sino también con la sexualidad como ejercicio: el sustantivo y el verbo eran peligrosos.

Siempre me gustó el arte (la escritura, la música, la pintura). Probé todo, pero nunca tuve talento y constancia para ello. Mis hermanas Iris y Mónica son artistas y eso me consuela. A la hora de elegir carrera siempre oscilé entre las humanidades y las ciencias (en la secundaria, bachillerato en letras o en ciencias; en la universidad, filosofía o medicina), y me instalé en las humanidades mirando hacia las ciencias.

Del jardín de infantes tengo pocos recuerdos. Creo que era de monjas, a la entrada un muñequito negro extendía su mano “para las misiones en Africa”, y cuando ponía una moneda y caía en un cajoncito, él movía la cabeza agradeciendo (gasté fortunas allí, en esa especie de primitiva máquina tragamonedas). Un 9 de julio nos repartieron chupetines de dulce de leche con la indicación de que no los abriéramos hasta después de arriar la bandera, pero varios no resistieron esa prueba de temperancia y autocontrol a los cuatro años, y la maestra nos quitó los chupetines a todos y sólo los volvió a repartir después del arrío. Aunque yo no había abierto el mío, me dio uno chupado. Allí comprendí que la Patria no paga la obediencia.

Los tres primeros años de la primaria los hice en el Colegio de la Merced. En los actos me ponían siempre por dos dudosas cualidades: tenía mucha memoria y era algo desfachatada. Me hacían hacer de angelito o de virgen, porque tenía los ojos azules (que como todo el mundo sabe, son más agradables a Dios). Los disfraces, hermosos, me los hacía mi tía Nena que se había pasado la juventud en un internado de monjas y tenía manos de hada. También me hizo el vestido de la Primera Comunión, que parecía de novia liliputiense con sus tules y enaguas de miriñaque.

Tomé la comunión a los cinco años, para ahorrar esfuerzo, ya que mi hermano de siete debía ir a catecismo y así podían llevarnos y traernos a los dos juntos (pensemos que para entonces ya éramos cuatro hijos para administrar). Del catecismo no entendía nada. Un gran misterio teológico para mí era qué quería decir “cebida”, cuando decían de la Virgen “sin-pecado con-cebida”.

Me dormía indefectiblemente en las clases de catequesis; y el bueno de Monseñor Tato (que mucho después me enteré, había sido expulsado por el peronismo por sus homilías contestatarias) me llevaba a upa hasta la salida. Cuando a él lo mandaron como Obispo a Santiago del Estero, yo le envié un gran dibujo de cordero con algodón pegado que me habían enseñado a hacer en la escuela. Era un sobre gordo, sucio y pegoteado. Pero supongo que debe haberlo conmovido porque nos escribimos y vimos luego hasta el mismo año de su muerte, en 1980.

A los siete años no quise saber nada más de monjas. Las mercedarias fueron para mí, por mucho tiempo, el estereotipo de la vivencia de la religión como castigo, sufrimiento y severidad. Su avidez económica cuando decidieron cambiar el delantal por un uniforme se puso de manifiesto con crueldad. Organizaron una excursión para la escuela, pero las alumnas que por falta de dinero todavía concurríamos con delantal blanco, debíamos quedarnos en la escuela porque “desentonábamos”. Mi mamá, furiosa e impotente, les pidió el modelo de uniforme para coserlo ella, pero las monjas le dijeron que había que comprarlo en la escuela –por supuesto, carísimo-. Le pedí a mi mamá no ir más, y todavía siento asco retroactivo por las monjas mercedarias. La humillación que recibí no está incluida en el Jubileo del 2000.

Completé mi primaria en la escuela Nicolás Avellaneda de la calle Talcahuano, donde la Directora nos decía “vosotros, educandos, debeis…” y el himno comenzaba con la frase “¡Oh pálida vislumbre…!”, que tardé años en comprender. Yo era escolta de la bandera, y en lo personal eran épocas muy infelices. De los ocho a los doce años mis pensamientos eran tristes, y no sabía expresarlos. Hoy sé que tenía preocupaciones metafísicas, que tenían que ver sobre todo con el infinito y la muerte, y con la inaccesibilidad de las otras mentes, pero entonces sólo me sentía extraña a casi todas las personas que conocía.

Cuando tenía doce años nos mudamos, comencé la secundaria en el Normal 1 de la calle Córdoba y comenzó la dictadura de Onganía. Pero lo que no te mata te fortalece. La secundaria era un lugar mezcla de persecución y descontrol. La persecución la aportaba el espíritu fascista de la mayoría de los profesores y profesoras, y el descontrol su incapacidad para detectar que algo estaba cambiando definitivamente en las mentes jóvenes. La única excepción a esta regla era Pilar Tadei, nuestra muy joven profesora de literatura española, que por supuesto terminó echada de la escuela. Somos amigas desde entonces y fue mi inspiración para dedicarme a la docencia como una militancia, un camino que produjera cambios difíciles de revertir. En el Normal 1 hice mis primeras amigas (algunas las conservo) y los primeros grupos de la adolescencia. Sin embargo me costaba integrarme con naturalidad –quienes me conocen saben que todavía me cuesta-. Siempre sentía que los demás compartían un código que yo no conocía y tenía que descifrar.

Leía muchísimo, escuchaba música, me gustaba el movimiento hippie por aspectos a los que todavía adhiero: el pacifismo, el rechazo por la sociedad de consumo, la celebración de la singularidad y la creatividad, el contacto con la naturaleza, la curiosidad por el pensamiento oriental, la celebración de los sentidos, la confianza en la capacidad transformadora de los individuos, el trabajo sobre la conciencia. Por supuesto hacía artesanías y me pasaba los fines de semana en Plaza Francia, donde dos por tres caía la policía y había corridas. Escribía mucha poesía, hacía teatro, estudiaba guitarra. Una época de “paz y amor”, aunque no me drogaba porque tenía una inclinación natural al delirio que lo hacía innecesario.

En 1971, a los 17 años, comencé la carrera de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y entonces me encontré con gente y problemas más afines. Lo mío no era sólo neurosis, era vocación. Diría que la carrera tuvo varias etapas: el final de Lanusse, con la levadura de ideas de la resistencia política, y el control policial de la dictadura, en la calle Independencia. La mudanza a las ruinas del viejo Hospital de Clínicas (luego demolido totalmente salvo la capilla, donde hoy se encuentra la Plaza Houssay) durante la “primavera peronista”, en que nos hacían estudiar todos los textos de Perón y comparar su filosofía de la historia con los clásicos europeos. Allí participé de la “Comisión de Prensa”, una cooperativa estudiantil en la que vi en vivo y en directo partirse la juventud peronista (de la que yo no formaba parte, porque como siempre desubicada me había parecido un genio Juan Bautista Alberdi) en “tendencia” y “lealtad”, corrí en balaceras y cadenazos, y constaté que las intervenciones policiales terminaban sistemáticamente en robos (en la cooperativa, los libros y los mimeógrafos; en la Facultad, los vitrales de la capilla que todavía hay en la plaza, claro que con vitrales nuevos). No participaba de las movilizaciones masivas, y eso me hacía blanco hostil para mis compañeros.

La nube negra del ´75 (llena de desapariciones, persecuciones, amenazas y muertes) terminó en el cierre de la UBA, no sin darme oportunidad de ver cómo el cura Sanchez Abelenda iba a clase armado y borracho, y cómo Hermes Puyau era a la vez director del Departamento de Filosofía, del Instituto de Investigaciones Filosóficas, y titular de cinco materias. Cuando se reabrió la Facultad ya estábamos en el genocidio galopante de la dictadura de Videla. La carrera era la paz de los sepulcros, y para estudiar alcanzaba la letra “H” de la enciclopedia: Hegel, Husserl, Heidegger eran casi los únicos autores estudiados, un profesor muy festivo agregó Hartmann, pero fuera de Alemania te comían los monstruos marinos.

Supongo que me recibí por inercia y hartazgo, pero tuve la fortuna de encontrar amparo en una institución a la que llegué casi por azar y me quedé por necesidad: la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (SADAF). Allí estudié filosofía de verdad, los autores y problemas que me fascinaban, aprendí a discutir y argumentar fuertemente y a disciplinar el espíritu crítico. La gente que dirigía la institución (Eduardo Rabossi, Gregorio Klimovsky, Thomás Moro Simpson, Raúl Orayen, Genaro Carrió, Carlos Nino, Felix Schuster, Martín Farrell, Eugenio Bulygin, Carlos Alchourron) era extraordinariamente generosa en lo intelectual, y esa influencia fue vital para aprender e investigar en el oscuro período de la dictadura. Allí, en el seminario de filosofía política y en el de derechos humanos, tuve oportunidad de reflexionar filosóficamente sobre el horror y encontrar herramientas intelectuales para pensar en alternativas.

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En SADAF, además, se intensificó mi relación con Alberto Moretti: se hizo afinidad intelectual, vivencia amorosa, atracción erótica, responsabilidad ética, visión poética del mundo y otras cosas que seguimos construyendo juntos. Con Alberto nos fuimos casando hacia fines de los ´80. El vio cambiar muchas pieles de mi naturaleza de serpiente, y acompañó todas las mutaciones (algunas escandalosas) que todavía ciñen sobre mí su sombra de posibilidades. Tenemos dos hijos : Celeste, nacida en 1984, y Juan, nacido en 1988. Es lindo y raro ver la mezcla física y espiritual de nosotros en nuestros hijos, y también ver paulatinamente cómo surge su propia naturaleza independiente y expresan una personalidad creativa, inteligente y alegre. La escolaridad de Celeste y Juan desde el comienzo fue un suplicio (lo sigue siendo), porque nuestra sensación era que lejos de aprender, en la escuela olvidaban lo que sabían. No es que las escuelas hayan mejorado con el tiempo, pero nuestras expectativas son ahora bastante más realistas y menos dramáticas.

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Indirectamente le debo a Sadaf, también, mi amistad con Marcela Rodríguez. Ella trabajaba desde muy joven con Carlos Nino, en el Consejo para la Consolidación de la Democracia. El era mi director en una investigación sobre problemas filosóficos de la acción humana, y a veces lo veía allí. Era a mediados de los ´80, y desde entonces construimos con Marcela una relación muy fuerte y para mí de una incondicional confianza. Compartimos la rara joya de tener profundas convicciones éticas y solidarias siendo absolutamente agnósticas. Y un sentido del humor a toda prueba, un modo juguetón de encarar la vida, que si no fuera por el resto de nuestros vicios debería asegurarnos ser muy longevas.

Otra de las deudas que tengo con Sadaf es haber estrechado vínculos con Clara Kuschnir. Por la lista inicial que di de la institución se verá que era una especie de “Club de Toby”. No es que “no aceptaran niñas” (como en La Pequeña Lulú), pero éramos muy pocas las valientes. Como ya expliqué, yo traía una confusión desde la infancia y creía que argumentar era una capacidad sin distinción sexual. Clara, por su parte, era una militante feminista radical. Su influencia me comprometió fuertemente con el movimiento de mujeres, y además juntas emprendimos muchas actividades creativas cuyos frutos hoy son visibles.

A fines de los ´80 organizamos entre varias mujeres académicas una asociación de mujeres en filosofía, alentadas por María Cristina Lugones (una argentina residente en Estados Unidos). Clara y yo pusimos mucha energía allí, e incluso organizamos un congreso internacional de filosofía feminista en 1989, pero terminamos expulsadas de la asociación con mentiras y malas artes que prefiero no recordar. Nos llevamos nuestra energía a otra parte, y de 1990 a 1994 organizamos cinco encuentros interdisciplinarios de estudios de género en el Museo Roca (donde su directora María Inés Rodríguez dio muestras de generosidad y solidaridad enormes). En esos encuentros, estudiosas de todo el país discutíamos nuestras investigaciones. No había entonces otro encuentro semejante, y lo esperábamos con entusiasmo. Sólo los suspendimos cuando aparecieron otras actividades y comenzaron a institucionalizarse los espacios académicos de estudios de la mujer en las universidades.

Quizás lo más importante de los Encuentros Interdisciplinarios de Estudios de Género del Museo Roca, sea la extraordinaria cantidad de vínculos que surgieron entre mujeres de todo el país, estudiosas obcecadas de estudios que no tenían todavía reconocimiento académico formal, y hoy sostienen programas en sus respectivas provincias y universidades. Mis entrañables amigas Maruja Palacios y Violeta Carrique, de Salta, los inefables Hilda Habychain y Héctor Bonaparte, de Rosario (con quienes colaboro en su Maestría de Estudios de Género desde la primer promoción); la inclasificable y querida Liliana Louys, de Jujuy; la admirable Esther Jaraz, de Chaco; la comprometida y talentosa Diana Cordi, de Río Negro, y muchas otras con quienes aportamos los ladrillos del trabajo cotidiano y sostenido desde hace muchos años en el difícil ámbito de las Universidades Nacionales.

En el Congreso de Filosofía Feminista conocí a Lea Fletcher, otra mujer que tiene mucha influencia sobre mí (con lo que puede ir generalizándose que mis influencias son a la vez intelectuales y afectivas, o nada). Ella ya dirigía la revista Feminaria, que yo leía, y cada vez nos hicimos más amigas. Incluso tengo el honor de participar en el comité editorial de Feminaria, y poder soñar con Lea muchos proyectos que veremos materializarse lentamente pero planeamos con entusiasmo adolescente. Cuando nos juntamos con nuestros maridos, José Luis Mangieri (que para mí es un procer viviente) y yo nos hablamos todo, y ella y Alberto fortalecen su complicidad mientras nos miran con condescendencia como quien ve retozar a dos infantes. Con Lea fuimos al Encuentro Feminista de Chile en 1996, y por suerte estábamos juntas porque de otro modo hubiéramos muerto de tristeza y desesperación. Todo nos resultaba sórdido y mezquino, pero nos pudimos tomar nuestros recreos. Nuestras opiniones están volcadas en un diálogo en Feminaria.

Otra actividad importante que compartíamos con Clara era la capacitación política para mujeres. Cuando se legalizó la ley de cuotas armamos un programa muy ambicioso que duró un año, al que asistió un grupo fantástico de mujeres que luego he visto en muchos cargos políticos, y del que quedó un libro editado en Feminaria. También viajamos juntas a China en el ´95 para el encuentro de Beijing (¿alguien más que nosotras se pagó su propio viaje?) y nuestros diálogos entonces son para mí tan valiosos como el encuentro mismo. Cuando Clara, que es periodista, comenzó a trabajar intensamente en la revista Luna, y yo fui nombrada Defensora del Pueblo Adjunta, nuestros proyectos conjuntos se suspendieron, pero la verdad que la extraño.
En ese Programa de Capacitación Política para Mujeres desempeñó un papel muy importante Patricia Gomez, una joven politóloga a quien había conocido en los Encuentros Interdisciplinarios de Estudios de Género. La relación con Patricia también fue desde entonces muy estrecha, en trabajo, afecto y militancia feminista. Años después me alentaría a tomar el desafío de la Defensoría del Pueblo, y sería mi fuerte sostén allí el primer año. No le perdonaría nunca haberse ido a vivir a Barcelona en la mitad de todos los proyectos si no fuera por la poderosa sinrazón del amor. Nos mantenemos vinculadas por el gran invento del correo electrónico y por el viejo truco del pensamiento a la distancia.

De los encuentros interdisciplinarios de estudios de género, surgió un vínculo muy especial con una marplatense, Gloria Galé. Ella era muy tímida y me invitó a Mar del Plata donde tenían un grupo de mujeres (en realidad dos: el Centro de Apoyo a la Mujer Maltratada que era pionero en atención de violencia, y otro más de investigación y reflexión que funcionaba en la biblioteca de Naciones Unidas) y pensaron que yo podía colaborar en capacitación. Viajé muchas veces, compartimos miles de cosas, aprendí con ellas, mi relación con Goga se hizo entrañable, y un accidente que tuve a fin de enero de 2001 que me impidió caminar seis meses, junto a su imprevista e irreparable muerte dos meses después, me dejaron una herida abierta, un diálogo pendiente. No volví a Mar del Plata desde entonces, donde dejé tantas y tan profundas amigas, pero está en mi corazón continuar ese diálogo amoroso. Lo necesito.

A mediados de los ´90, preocupada por el modo de transmitir concientización en derechos humanos de un modo no solemne, en uno de los tantos veranos en que no nos íbamos de vacaciones (pensemos en un matrimonio de filósofos…), vi un aviso en Página 12 sobre un taller en Guionarte, una escuela de guion y creatividad. Fui a una charla introductoria y allí conocí a Michelina Oviedo y Hernán Invernizzi. Ambos fueron mis profesores, luego me estimularon a profundizar en un taller cuatrimestral los rudimentos vistos, y luego a hacer la carrera de guion que duraba dos años. Yo no tenía plata, y me becaron y apoyaron generosamente. Hice un corto como trabajo de realización final, en el que aceptó trabajar Ana María Giunta, y también colaboré con Miche y Hernán en un proyecto alucinante que era un noticiero ubicado 150 años en el futuro, donde pusimos a prueba una intuición adivinatoria que todavía hoy nos da miedo. Ser guionista egresada de Guionarte es un título que aprecio mucho.

En 1994, cuando se hizo en Mar del Plata el preparatorio de Beijing, participé en un taller de mujeres y ciencia. Allí conocí a Silvia Kochen, y luego en Buenos Aires a Ana Franchi, y armamos la RAGCyT (Red Argentina de Género, Ciencia y Filosofía). Tenemos una enorme afinidad y por suerte nos complementamos mucho, no tanto en nuestras virtudes como en nuestros defectos. De todos modos trabajamos intensamente y con convicción militante en la situación de las mujeres en ciencia y tecnología, en nuestro país y en América Latina. Con Ana y Silvia armamos en II Congreso Internacional de mujeres, ciencia y tecnología en 1998, que fue verdaderamente extraordiario, del que quedaron unas actas y unos videos filmados. Hicimos muchas jornadas y varios trabajos de investigación, algunos premiados. Tenemos un modo cooperativo de trabajo que sólo se resiente por la falta de tiempo, pero que nos dio muchos resultados. Lo llamamos “modelo buzo”, pero en esta oportunidad no me voy a explayar sobre los motivos.

Precisamente para hablar de mujeres y ciencia, el 8 de marzo de 1998 concurrí a la recién estrenada Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires (ciudad que acababa de hacerse autónoma) porque las legisladoras de la Comisión de la Mujer habían invitado a 60 mujeres a ocupar las bancas simbólicamente para discutir la situación de las mujeres porteñas. Me enteré luego que por esa época estaban discutiendo la ley de la Defensoría del Pueblo. Un día me llama la entrañable Dora Barrancos (a quien yo conocía de eventos académicos pero entonces estaba iniciando su brillante período como diputada) para decirme que hablando con María Elena Nadeo y Gabriela González Gass sobre perfiles femeninos para esa institución, pensaron que era buena idea que yo me presentara al concurso que se abría poco después. A mi me pareció una idea absolutamente loca, y además estaba terminando mi tesis de doctorado y necesitaba el tiempo completo. Me dijo que pensaron en Eva Giberti, pero ella no aceptó, y que yo tenía una obligación de responsabilidad intelectual. Ese argumento me demolió.

Dora Barrancos es un alma bella, y no me alcanzará la vida para agradecerle haberme animado a esta experiencia que nunca habría buscado por mí misma. Me presenté apoyada por la Librería de Mujeres (Carola Caride y Piera Oria), la UMA (María Inés Brassesco) y la Asociación de Mujeres Jóvenes (Patricia Gomez). Aunque no abogué personalmente por el cargo, y aunque la competencia fue muy dura y no siempre leal, finalmente y para mi sorpresa me comunicaron que sería nombrada en una sesión especial. Y así fue. El cargo suponía compromiso político pero no partidario, y en mi adjuntía capacidad en derechos humanos y equidad de género. Sigue siendo un desafío, y una fuente extraordinaria de ejercicio de transferencia de todo lo que sé y puedo en beneficio del fortalecimiento y la construcción de ciudadanía, sobre todo de los sujetos más vulnerabilizados. Y vamos armando con mis compañeras y compañeros de la Adjuntía en Derechos Humanos un equipo de trabajo diverso y comprometido con el que sé que la historia va a continuar por otros caminos en los próximos años.

Hay también muchas mujeres y hombres que viven en otros países y han influido fuertemente en mi pensamiento y mi trabajo. Quise nombrar aquí sobre todo a aquellos con quienes podemos tropezarnos todos los días, y forman mi fuerza de acción y también una reserva de compromiso y solidaridad para todos nosotros, en esos inevitables momentos en que pensamos “¿quién me mandó meterme en esto?”.
Como se puede ver, probé muchos caminos y los dejé todos abiertos. Cuando era adolescente tenía una especie de urgencia existencial, creía que tenía que hacer todo a la vez, como si el tiempo me acechara. Pensé que era el presentimiento de quien va a morir joven. Hoy que tengo 48 años soy mas racional: creo que como soy serpiente y está en mi naturaleza no reencarnar, debo cerrar mi karma en esta vida. Por eso no quiero dejar nada pendiente. Ni siquiera esta biografía.

Buenos Aires, 2001

Sostiene mi mamá luego de leer este relato, a comienzos de marzo de 2008

.Querida Diana:
Me encantó el blog: ¡fascinante! sobre todo el rubro ¿Quién soy? tan humano, chispeante y coloquial, sin el engolamiento a
que nos tienen acosumbrados los piojos resucitados, que se olvidan que son los “efímeros” para el Olimpo griego. Me gustó esa biografía autorizada tan cristalina… Pero te olvidaste de informar tus inclinaciones de legisladora imparable como oradora: ¿te acordás cuando tenías que tomar la comunión, el día anterior te llevé a comulgar, y en un momento dado, el confesor salió del confesionario y me pidió que te llevara porque estaban los chicos haciendo cola y no te podía parar relatando tus “pecados”? Ya estaba el germen de la honestidad, corrección, no ocultamientos etc , todas buenas cualidades para una futura legisladora. Y, como no podía ser menos en lo heredado de tus ancestros tus bienes son esenciales. No obstante podés decir con sobriedad cuando ves el desfile de excesos: ¿Cuántas cosas que no necesito? Porque llega un momento en que uno dice: era tan pobre, tan pobre que lo único que tenía era plata…
Besos brujos y de Amor de TUKA

foto: Nahuel Coca

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