2008/06/13 Crítica de la Argentina – Gestión pública, ¿Premios privados?

Premios PRO

Las gratificaciones extraordinarias por objetivos, de uso común en la administración privada, se imponen como debate con la decisión de Mauricio Macri de premiar con dinero a los ministros eficientes. ¿Qué se va a medir? ¿Sirve para una tarea más eficiente? Políticos y analistas opinan sobre calidad de gestión y el perfil de funcionario que se instala con el sistema. El caso de Cuba y los salarios según el rendimiento.

“Es bueno utilizar técnicas de privados”
Diego Guelar

Mauricio Macri acaba de proponer complementar el ingreso de los empleados públicos con un plus por productividad y cumplimiento de objetivos. Ya muchos han puesto el grito en el cielo. Achiquemos el pánico. Primero: es bueno que el deteriorado Estado argentino utilice mecanismos de la técnica administrativa privada. En la administración nacional ya lo está haciendo la Dirección General Impositiva (DGI).

Segundo: éste es sólo un ítem de la discusión que nos debemos sobre el Estado, sus funciones, la jerarquización y carrera pública, los presupuestos por funciones, etc., etc., etc.

Debemos entender que cuando hablamos del Estado y sus servicios hacemos referencia a la calidad y entrenamiento de maestros, policías, médicos, enfermeros, fiscales y jueces, militares, técnicos medio-ambientalistas, etc., etc., etc. También de inspectores, controladores aéreos, personal de puertos, aduaneros, etc., etc., etc.

Los argentinos tendremos el Estado que sepamos construir. La gente es el elemento más importante del mismo. Por eso, el tema no es cuánto se ahorra despidiendo sino cuánto se invierte educando, capacitando y premiando resultados.

Si hay propuestas mejores, hagámoslas y no sólo sobre este tema. Hace mucho tiempo que no debatimos sobre nada: sistema de transporte público, contaminación, eliminación de la mendicidad infantil, lucha contra el narcotráfico, planificación familiar y natalidad…

Escandalicémonos frente al desgobierno, la ineficiencia y la corrupción. Bienvenidas las ideas.

“Hay poco riesgo de pago”
Diana Maffía (Legisladora de la Ciudad- Coalición Cívica)

El Poder Ejecutivo tiene en la Legislatura un proyecto de ley de modernización de la administración pública en el que para mejorar las instituciones estatales propone implementar un sistema de gestión por resultados. Pero Macri, en uno de sus usuales apuros que conspira contra los propios fines declarados, decidió superponerle al debate legislativo un decreto del Ejecutivo.

A la luz del texto del decreto, parece más un aumento de sueldo progresivo que un incentivo que oriente al Estado al servicio de los ciudadanos. No tenemos un listado de lo que evaluará el Ejecutivo para aumentar los sueldos de los ministros. Lo que tenemos es un presupuesto (subejecutado hasta el momento) y tareas pendientes. Por lo cual podríamos pensar que corremos poco riesgo de que este aumento finalmente se produzca.

Pero tenemos también encomendaciones del jefe de Gobierno como disminuir la planta de trabajadores/as, que fue una de las primeras acciones de la gestión macrista. Así 2.300 trabajadores fueron despedidos, o no se renovaron contratos, sin que lográramos saber hasta ahora la lista de estas personas y las razones de cada despido. ¿Será éste un logro premiado con un aumento?

Y finalmente, no está de más pensar qué funcionarios queremos formar. El premio económico presume sujetos individuales que actúan de manera egoísta. El logro del bien común implica compromiso con un proyecto, no participación mercenaria en las ganancias.

“Lejos de la virtud, según Weber”
Martín Hourest (Legislador porteño – Bloque Igualdad Social)

Max Weber nos enseña que el político virtuoso debe reunir tres características: pasión por una causa, responsabilidad por las consecuencias de sus acciones y sentido de las proporciones para evaluar adecuadamente los contextos en los que se desempeña.

Lejos de reunirlas, fundamentalmente la primera de ellas, Mauricio Macri otorga una gratificación extraordinaria para aquellos funcionarios de su gobierno que cumplan con los objetivos de gestión. La decisión de Macri implica admitir que su gabinete carece de pasión por la causa del bienestar común, y reconocer que su principio de acción es la pasión por el dinero.

De esta manera, no sólo se traslada la lógica del sector privado al sector público sino que además se pretende instituir una forma delictual traducida en gratificaciones, al mejor estilo de los sobresueldos que pagaba Menem a sus funcionarios.

Luego de seis meses de una gestión con altos e inéditos niveles de subejecución presupuestaria, queda demostrado que la gestión de Macri carece de metas y políticas de Estado. Ante esta ausencia de objetivos, difícil y malamente pueda evaluarse el desempeño de sus funcionarios. No puede haber estrategia republicana con sobresueldos mafiosos. Quienes se desempeñan inadecuadamente deben ser echados del gobierno y no privados de una gratificación monetaria.

Weber observaría con tristeza que la mística se encuentre en el enriquecimiento individual.

“Es difícil en cargos jerárquicos”
Rosendo Fraga (Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría)

Hay experiencias del campo empresarial que se pueden trasladar al sector público. El salario por productividad es una de ellas.
Puede establecerse que un trabajador social, tenga un premio por lograr resolver, atender o detectar más casos. En este caso puede ser un estímulo. La cuestión es hasta qué nivel es posible utilizar este tipo de método.

Lo que parece difícil es aplicarla a niveles jerárquicos, como los ministros, secretarios o subsecretarios. Es que no resulta fácil determinar en estos niveles qué es productividad.

Puede plantearse, que la ejecución presupuestaria, puede ser una materia a comparar entre distintos ministros. Si un ministerio ha ejecutado el 100% del presupuesto y otro el 50%, establecer un premio para el primero.

Pero no parece fácil, establecer este premio para un ministro, como sí se hace al final del año con las gratificaciones económicas para directores y gerentes de acuerdo con la rentabilidad que haya tenido la empresa o alguna de sus áreas.

En mi opinión, el salario por productividad que se utiliza en la actividad privada puede funcionar en los niveles más bajos de la administración pública, pero es más complejo implementarlo en los niveles más altos y ello debe ser contemplado en iniciativas como la que se discute en la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Que el azar no sea el que premie
Jorge Lanata

Hace mil años, en el ochenta y pico, cuando éramos jóvenes e inmortales, decidimos comprar una revista y gestionarla. La revista era el mensuario El Porteño y la “empresa” se llamó Cooperativa de Periodistas Independientes, un grupo de periodistas en algunos casos (como el mío) bastante ignotos y también de la generación anterior a la nuestra (Osvaldo Soriano, Eva Giberti y Miguel Briante, entre otros). La aventura de editar, por primera vez, una revista, se sumaba al vértigo caótico de las asambleas: éramos víctimas de nuestra propia ingenuidad, pensábamos que una cooperativa debía vivir en estado de discusión, y cada mes, cada ejemplar, se discutían los contenidos entre treinta personas. A nadie se le ocurrió lo lógico: nombrar a las autoridades por un año y dejarlos trabajar tranquilos para luego, eventualmente, removerlos. Yo era, en ese caos, el jefe de redacción. Pero aquel estado de koljós embrionario (así se llamaban las granjas colectivas soviéticas establecidas en 1928 por Stalin) era todavía peor: todos ganábamos lo mismo. El director ganaba lo mismo que el cadete (que era un gran chico y con los años se reveló como humorista estrella en la radio). No hace falta aclarar que no ganábamos casi nada: el equivalente a ochocientos o novecientos pesos de hoy, encerrados todo el día en un departamento de dos ambientes en la calle Cangallo. La decisión koljosiana provocó obvios conflictos: todos ganábamos lo mismo pero no todos producíamos lo mismo para el proyecto. El trabajo de algunos generaba 10 y el de otros 100 o 1.000. ¿Qué era, entonces, lo justo? Muchas veces, el hecho de ganar lo mismo hacía que los jefes dejaran de preocuparse por el trabajo, si después de todo nadie a iba notarlo. El esfuerzo daba igual. Éramos chicos, pienso hoy en mi descargo, confundíamos el hecho cierto de que todos deben tener un salario justo con la fantasía de que todos trabajan por igual, con la misma responsabilidad y generando las mismas ganancias. Un error del cadete podía superarse rápidamente, pero un error del secretario de redacción podía costarle la vida a la revista. Sin embargo, los dos ganaban igual. Es inevitable mi recuerdo de las épocas de El Porteño cuando se habla de teorías del salario público o privado, discusión en la que la hipocresía por metro cuadrado es altísima. ¿Está bien o mal que quienes trabajan mejor ganen más? ¿Por qué, si trabaja mejor durante todo un año, el empleado que no recibe ningún estímulo seguiría haciendo lo mismo al año siguiente? Insisto: todos deben ganar un salario digno. Pero, ¿todos deben ganar un salario igual?

El proyecto de Macri ha puesto nuevamente en discusión el tema y la polémica se ha vuelto tan fogosa como cuando Cavallo sostuvo que no podía vivir con menos de diez mil pesos al mes. Cavallo, claro, tampoco vivía con diez mil pesos (nos tocó informar en aquel momento que pagaba dos mil sólo de expensas) y la discusión se volvía exasperante porque mostraba el abismo del modelo económico: la diferencia entre el salario del ministro y el televidente era tan atroz que el ministro no podía ni siquiera decirla; así de lejos quedaban las dos Argentinas. La polémica retrotrae a la vieja discusión guevarista de los estímulos morales o materiales: ¿qué es mejor para un buen trabajador? ¿Ponerle a fin de año una cucarda de felicitación o aumentarle el sueldo? Aquel setentismo enseñaba que quien quiera sentarse en un sillón más mullido es, por lo menos, un contrarrevolucionario gusano, algo que se entendería si uno explota a los demás, pero, ¿por qué, si es fruto del trabajo sano y del esfuerzo, debe vivirse con culpa el hecho de querer estar mejor? Les pedimos a los funcionarios públicos que se sacrifiquen por la Patria: sabemos que no lo hacen y en gran parte de los casos se corrompen.

Eso sí: que las apariencias ganen. Que parezca que viven con menos. El asunto de la productividad es discutible: ¿cómo medirla en términos del Estado?

Pero, para doblar la apuesta: ¿estaría mal que en el Gobierno de la Ciudad (o en el de la Nación) quienes trabajan mejor ganen más? ¿Sería eso más o menos progresista? ¿Estaría mal hacer algo con los que no trabajan o trabajan mal? Recapacitarlos, formarlos, pagarles de todos modos pero hacer que se capaciten y mejoren su desempeño. ¿Sería reaccionario o progresista? Quien no trabaja, o no se esfuerza, o lo hace mal, perjudica al colectivo. Sería bueno, alguna vez, que los premios no sólo le correspondan al azar.

http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=6099 

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