2005/02/24 Rolling Stone UNA NOCHE DE TERROR

UNA NOCHE DE TERROR

Revista Rolling Stone
24 de Febrero de 2005

La noche del 30 de diciembre fue para muchas personas de mi generación (tengo 51 años) una noche de terror. Los verdaderos protagonistas del infierno de Repúbica Cromagnon eran nuestros hijos (y si no lo eran, podían serlo). Imposible no angustiarse entonces por las muertes imperdonables, por los heridos, por el descontrol, por las pérdidas . Pero hubo algo más.

Voy a hablar en términos muy personales, aunque tengo la esperanza de interpretar otros sentimientos. La memoria tiende a veces puentes extraños. Los neurobiólogos se lo atribuyen a las Redes Neuronales. Nosotros los añosos al sabor de las Magdalenas (una imborrable escena de En Busca del Tiempo Perdido). Lo cierto es que ver esa madrugada a mis hijos buscar, en las listas de muertos que se actualizaban por Internet, a sus amigos y compañeros, me retrotrajo inmediatamente a la dictadura. Fue un temblor en el cuerpo. Entonces no había Internet, pero era cotidiano el tropiezo con noticias infaustas donde desesperadamente tratábamos de saber. Me vi a mí misma buscando a mi hermana, a mis amigos, a mis compañeros. Otros muertos, otros desaparecidos. Sólo en una nota del más que lúcido Enrique Pinti encontré el vínculo entre República Cromagnon y La Noche de los Lápices.

En los años 70 (de eso estoy hablando) yo escuchaba rock and roll del bueno, y ya teníamos muy buen rock nacional, prohibido por la dictadura que lo consideraba un vehículo de perdición. En la revista Humor salió un documento de la marina que señalaba todos los indicios de que en el rock había mensajes del demonio. Seguramente era por escuchar rock and roll, y no por vivir bajo una dictadura sangrienta, que me sentía tan identificada con la frase con la que Paul Nizan comienza su novela Adén Arabia: “Tenía veinte años, y no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida”.

La pregunta inevitable es cómo una generación con tantas pérdidas no pudo (no puede) cuidar a quienes hoy son adolescentes y jóvenes. Qué mensajes de muerte les estamos dando para que sus vidas estén tan expuestas, valgan tan poco. Cómo permitimos que se hable de derechos humanos en un país donde el 75  % de los niños son pobres, donde el 35 % de los adolescentes entre 18 y 24 años (el público de Callejeros) no estudian ni trabajan. ¿A dónde, a quiénes, pertenecen esos chicos? ¿Qué diferencia moral hay entre matar y dejar morir?

Con una historia en la que “abuelas”, “madres”, “hijos” y “familiares” representan agrupaciones y no relaciones de sangre, estamos tan concentrados en nuestras reparaciones y discursos que los vamos empujando del espacio público, de lo que Hannah Arendt llamaba “el espacio de aparición”, el resplandor de lo político.

Para nosotros, setentistas, hasta las relaciones más íntimas y personales se cortaban por la pertenencia política. Las marcas identitarias de la generación joven actual indudablemente no tienen ese corte, ni podría tenerlo, en vista de lo que la política y los partidos les ofrecen. Sus sentimientos de identidad y de rebeldía, su fuego y su indignación ante la injusticia corren por otro lado, cuando corren.

Ir a escuchar a Callejeros fue una ceremonia. Y como toda ceremonia tiene sus rituales. El rock tiene una liturgia, cada grupo la tiene, y sus seguidores más intensos actúan como fieles. Por eso no sorprende escuchar a algunos adolescentes afirmar que van a seguir prendiendo bengalas en los recitales. Es nuestra responsabilidad que no se pongan en riesgo, que no mueran por eso. No le voy a echar la culpa al rock and roll.

Para mí el rock es un alarido de vida y no de muerte. Es un grito que energiza la rebeldía colectiva y no el aguante. Es una inmersión en la naturaleza más profunda y no un aturdimiento del cerebro. Una ampliación de los umbrales de la percepción y no el limado de los sentidos. Una patada a la sociedad de consumo berreta y no un producto de góndola de supermercado. Una alianza fraterna casi animal contra el sistema, y no la explotación publicitaria de un “evento” por empresarios inescrupulosos.

Estamos hablando de rock and roll, y nadie tiene privilegios en su definición. Por eso me hubiera gustado escuchar a los propios adolescentes hablar sobre lo que pasó.

A lo mejor también es de otra generación estar tan pegada a la palabra. En las marchas de los jueves por República Cromagnon, las consignas son tan elementales que pienso si es que no pueden expresar lo que sienten, si ante lo extraordinariamente doloroso no hay para decir algo menos trivial que un insulto. La palabra es un modo de acción, no es sólo el nombre de una acción. Quitarles o no darles a los jóvenes la herramienta de la palabra es amordazarlos y maniatarlos desde adentro. El silencio que resulte de ello sólo puede ser explosivo.

Diana Maffia
Doctora en Filosofía (UBA)
Directora académica del Instituto Hannah Arendt
www.institutoarendt.com.ar

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